Déjame decirlo. Déjame expresarme. Déjame contarme lo que siento cada vez que tu puño roza mi cara, cada vez que tu mano roza mi herida, cada vez que tu boca roza con sus palabras malsonantes mi corazón. Deja que te muestre como me siento cada vez que me pones en ridículo sin motivo alguno, cada vez que estrangulas poco a poco mi corazón. He estado tanto tiempo callada, soportando tus mentiras, tus viejas excusas, los olores que no me son familiares en el cuello de tu camisa, todas las veces que llegas tarde, y cuando no llegas incluso, mientras yo estoy como una tonta esperando un simple abrazo, un simple beso, porque no puedo más. Aún sabiendo la mentira en la que vivo, tu mentira, aún sabiendo que no soy tu único amor, ni mucho menos, el primero de ellos en tu lista de favoritos. Eso era antes, cuando prefería una caricia a la verdad, cuando un falso beso de tu boca cicatrizaba las heridas que tenía por tus mentiras. Eso era antes. Ahora me he dado cuenta de que una mujer no se puede dejar pisotear de esta manera. Pero no sólo una mujer, ninguna persona puede dedicar su vida a una persona en cuyos intereses no figura el nombre de la otra. Ninguna persona puede soportar que su compañero de viaje, por muchos momentos que pasaran juntos, la trate como pura escoria, mintiendola, maltratándola. Yo por eso lo he dejado. He dejado esa vida de horror, de bofetadas, de sangre, de una torta por una palabra que digo, de sentir amor por un maltratador. Atrás quedan esos días en los que el miedo se apoderaba de mi ser cada vez que esa puerta se abría, dejando pasar a la peor de mis pesadillas. Atrás quedarán esas noches bajo mis sábanas, aquellas noches que no guardaban sino gritos, gritos de horror, de sufrimiento. He de reconocer que todo lo que sufrí fue en vano, pero no podía dejarlo. Aun sabiendo que él era la causa de mi malestar, no podía soportar que fuera a amar a otras mujeres. Si amaba a otras mujeres, también había de amarme a mí, aunque cada beso me costara la vida.
Hoy he nacido otra vez, y no pienso dejar que nada ni nadie me quite la vida como él lo hizo, malgastando cada trozito de mi corazón en el que yo había creado una casa para él. Ahora soy libre, lo he denunciado, y ninguna mujer más va a sufrir sus mentiras otra vez. Ninguna mujer.
Pero ésto soy yo. Una mínima parte de todo. De todas las mujeres que sufren cada día maltratos, que se levantan cada mañana para ver nuevos moratones en lo que fue un bello cuerpo.
Yo lo he denunciado, pero nunca olvides que soy la mínima parte de todo y que, hoy en día, hay millones de mujeres como yo que no son capaces de hacer lo que yo he hecho, y que dejan que el miedo las consuma una vez más, cuando oyen cómo se abre la puerta de su casa, la puerta por la que entrará su peor pesadilla.
viernes, 19 de junio de 2009
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